domingo, 10 de octubre de 2010

El discurso del Westminster Hall

He leido el discurso de SS Benedicto XVI durante su encuentro con representantes de la sociedad británica, en el Westminster Hall, el Viernes 17 de septiembre de 2010, durante su reciente viaje apostólico al Reino Unido, queriendo quedarme sólo con las ideas más importantes, y he fracasado en el intento. He terminado por surayar prácticamente todo este discurso, repleto de ideas seminales que --intuyo-- harán correr mucha tinta, sobre cuestiones importantes para las vidas de millones de ciudadanos en todo el mundo, en este siglo XXI. Cuando quiera volver sobre éstas, no tendré más remedio que volver a leer el discurso completo, que además no es muy extenso.

Llama la atención la voluntad de diálogo de Su Santidad, de diálogo abierto, sereno, valiente, profundo, .... Me faltan adjetivos para calificarlo. Es evidente que escribe un admirador suyo, pero pienso que a cualquiera que lea el discurso con atención, aún partiendo de posiciones contrarias, puede suscitarle interesantes reflexiones. El diálogo es una buena demostración de respeto a los demás. El diálogo no pretende imponer por la fuerza. El verdadero diálogo presupone una búsqueda de la verdad en el otro. El verdadero diálogo no renuncia a las propias ideas, no renuncia a exponerlas a quien no las comparte, como si fuera idiota o incapaz de entenderlas. El verdadero diálogo no proviene de la renuncia a lo propio, de la dilución de todos en ese mar de anodina confusión de ideas, llamado a veces tolerancia.

Benedicto XVI no ha rehuido cuestiones espinosas en su discurso. Sin abandonar un tono de profundo y lúcido respeto a los logros de la democracia británica, habló de los conflictos que separaron a la Iglesia Católica del pueblo británico dutante siglos, y recordó "la figura de Santo Tomás Moro, el gran erudito inglés y hombre de Estado, quien es admirado por creyentes y no creyentes por la integridad con la que fue fiel a su conciencia, incluso a costa de contrariar al soberano de quien era un “buen servidor”, pues eligió servir primero a Dios". No fué la referencia a Tomás Moro un mero recuerdo, sino que situado en nuestro contexto, le sirvió de punto de encuentro y reflexión sobre el presente.

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